| ETICA
Y MEDICINA
| Fernando
Cano Valle |
| Médico
cirujano, egresado de la Facultad de Medicina de la UNAM en
1967, secretario de la División de Estudios de Posgrado
de la Facultad de Medicina de la UNAM en 1979, y director
de la misma facultad durante dos periodos consecutivos, de
1983 a 1991; director y fundador del Programa Universitario
de Investigación Clínica, UNAM, de 1981-1982;
coordinador del Núcleo de Estudios Interdisciplinarios
en Salud y Derechos Humanos, en 1991; coordinador de la Comisión
de Salud y Seguridad Social del IEPES, y coordinador de Asesores
del Presidente de la Comisión Nacional de Derechos
Humanos, 1991-1992. Actualmente es el director general de
la Clínica Londres. |
No
hay duda de que la ética profesional marca la conducta
del médico. Ésta no es fija ni inmutable; cambia
con el tiempo y con el medio: lo que en otros tiempos se consideraba
ético desde el punto de vista médico, hoy podría
no serlo o carecer de sentido. Conforme avancemos en el terreno
científico, los principios éticos también
cambiarán. La ética en la investigación se
relaciona con el respeto a la dignidad humana, por lo que debe
conducirse con el ejemplo ético de cada uno de los investigadores;
se sustenta en la protección de los derechos humanos.
La
esencia de los problemas éticos de la investigación
en seres humanos, gira alrededor del propósito de la ciencia,
cuya intención siempre ha sido la verdad. Por otro lado,
la salud y el bienestar del paciente, deben anteponerse a todo,
pero si se trata de un doctor que es investigador, éste
tiene, además, sus intereses y motivaciones propios. En
la prevalencia de valores que pueden contraponerse, la investigación
se desarrolla en un campo lleno de dilemas que la sociedad misma
permite o restringe.
Para cumplir adecuadamente con su función, los investigadores
tienen que contar con una autorización científica
y ser competentes para desarrollar la investigación propuesta.
Ésta debe estar diseñada adecuadamente y someterse,
en su aplicación, primero a una valoración del beneficio
en relación con el riesgo; además, ha de efectuarse
una selección imparcial de los sujetos a quienes se aplicará
el producto; asimismo, se obtendrá el «consentimiento
bajo información» de cada uno de los pacientes; debe
respetarse el anonimato del ser humano y considerarse el grado
de seguridad y protección de los sujetos contra posibles
efectos indeseables de las intervenciones a que se le va a sujetar.
Debemos reconocer que la investigación clínica conlleva
una invasión en la integridad y privacía de la persona
sujeta a estudio. Esta invasión necesariamente ofrece riesgos
que el investigador clínico, como otro ser humano, debe
valorar desde una sensibilidad moral. No hay duda de que la ética
profesional es la que marca la conducta del médico. Ésta
no es algo fijo e inmutable sino que cambia con el tiempo y con
el medio: lo que en otros tiempos se consideraba bueno desde el
punto de vista de la ética del médico, hoy podría
no serlo o carecer de sentido. Conforme avancemos en el terreno
científico, los principios éticos también
cambiarán. Los médicos, los investigadores clínicos
deben estar conscientes de esta circunstancia.
En este artículo, quiero acercarme a estos aspectos brevemente,
analizando tres puntos:
-
El proceso de adquirir nuevos conocimientos;
-
El uso moral del conocimiento adquirido, y
-
La ética del propio investigador (interés personal).
En
relación con el proceso de adquirir nuevos conocimientos,
se han logrado grandes avances, entre los más importantes
se encuentran:
-
Las declaraciones internacionales;
- El
consentimiento bajo información;
- Los
comités de ética, y
-
La legislación mexicana.
I.
Las grandes declaraciones internacionales del siglo XX
Con base en las atrocidades documentadas desde 1931 concernientes
a la experimentación sobre seres humanos en la Alemania
nazi, se publicó en 1947 el Código de Nuremberg.
De este documento se desprendieron las declaraciones de la Asociación
Médica Mundial en Helsinki, 1964; en Tokio, 1975; en Manila,
1982, y en Venecia, 1983. A partir de estas grandes declaraciones
se ha incluido en las leyes la regulación de la investigación
que involucra a seres humanos.
II. Consentimiento informado
El consentimiento bajo información se basa en la autodeterminación
del paciente de hacer valer su derecho a decidir qué se
hará con su cuerpo y a no ser forzado a aceptar un tratamiento
que no desea; asimismo, el médico tiene la obligación
de explicar con claridad al paciente, antes de empezar el tratamiento,
en qué consiste éste, informarle cualquier riesgo
inherente o colateral de la terapia y proporcionarle una base
de decisión para que pueda retirar su colaboración
en cualquier etapa de la investigación.
Si bien el concepto normativo es claro, diversos autores, entre
ellos Ajayi de la Universidad de Abadan, Nigeria, expresan su
preocupación por la imposibilidad de aplicar los conocimientos
en África, en virtud del grado de ignorancia de la población
y la influencia de los líderes de las comunidades; este
argumento advierte que el consentimiento bajo información
está sujeto a dificultades como la religión, las
tradiciones, los prejuicios, la ignorancia, el conocimiento e
inteligencia del sujeto, condiciones que son diferentes en países
desarrollados a las que predominan en los países en vías
de desarrollo. De cualquier forma, no es difícil extrapolar
esta preocupación a la sociedad mexicana.
En el trabajo de Grudner se encuentra un párrafo que puede
considerarse como una conclusión ilustrativa de su investigación:
«las encuestas en los hospitales que usan estas formas revelaron
que cada formulario había sido redactado por comités
de médicos y abogados. Para este tipo de gente las formas,
sin duda, son perfectamente legibles y comprensibles. De hecho
contienen toda la información éticamente requerida
y probablemente defendible en cualquier corte de justicia, pero
¿las personas para quienes se redactaron pueden leerlas
y entenderlas? Desafortunadamente la respuesta es no».
III. Los comités de ética
La expresión «Comité de Ética»
para algunas personas alude a algo más bien vago que tiene
que ver con un grupo de personas cuya tarea primordial sería
formular juicios con base en la ética, o bien, hacer consideraciones
de la ética colectiva aplicada a problemas biomédicos.
En algunos países, los comités de ética clínica
o los de ética de investigación que involucra a
seres humanos, se han establecido para emitir opiniones morales
en lo general o en un asunto en particular, sin ningún
carácter ejecutivo y en no pocas ocasiones, para cubrir
el protocolo.
Es difícil determinar exactamente cuándo aparecen
los comités de ética médica; sin embargo,
conviene recordar que al inicio de los cincuentas algunas autoridades
de hospitales estadounidenses y canadienses asignaron ciertas
definiciones o toma de decisiones a grupos de personas en algunos
problemas, como los que se referían al uso de máquinas
para diálisis renal, por ejemplo.
En los años sesentas la Asociación Católica
de Salud de Canadá recomendó la formación
de Comités de Moral Médica en los hospitales católicos,
cuyos resultados mostraron un excelente avance en la toma de decisiones
ante dilemas médicos de su tiempo.
Quizá el gran salto para la consolidación de dichos
comités lo condicionó el caso de Karen Quinlan en
Estados Unidos, quien estuvo en coma durante un largo período
bajo control de un respirador. Sus padres demandaron que se le
retirara y la Suprema Corte de Justicia de Nueva Jersey señaló
la importancia de la participación del comité de
ética del hospital. Aquí se reconoció que
este tipo de decisiones, de enorme trascendencia, no solamente
se apoya en soluciones de carácter estrictamente jurídico:
la decisión incluyó muchos más aspectos y
quizá el más importante de ellos fue el de orden
moral.
El establecimiento de estos comités aún no es universal
y existe un número considerable de variantes respecto a
la cantidad de sus integrantes, y tipo de decisiones o funciones
que se les asigna. Se estima que en Estados Unidos el 64% de los
hospitales han formado dichos comités; en 1987 en Canadá,
había un 18%, aunque el 50% de los hospitales que tienen
más de 700 camas y una afiliación religiosa, cuentan
con tales comités.
En México son claros los ordenamientos de la Ley General
de Salud. Al respecto señala que toda institución
de salud que efectúe investigación en seres humanos,
debe formar una comisión de ética. No comentaré
este ordenamiento ya que no me consta que se cumpla y menos aún
si las comisiones realizan eficientemente su papel regulador.
IV. El uso moral del conocimiento adquirido
En este segundo aspecto la discusión se encuentra en pleno
proceso. El uso de la tecnología en la reproducción
humana, el corazón artificial, la ingeniería genética
o el trasplante de tejido fetal, entre otros, son temas del debate
científico y ético actuales. Respecto a los dos
últimos temas citaré, a manera de ejemplo, a dos
autores.
Salamanca, con relación a la ingeniería genética,
piensa que «las metodologías de la genética
molecular han iniciado una revolución científica
que pareciera no tener límites. La manipulación
directa del ADN permite poner en contacto genes que han permanecido
separados a lo largo del proceso evolutivo: animales trasgénicos
respiran y se mueven con la mayor naturalidad en muchos laboratorios
en el mundo de hoy, y pronto comenzarán a llenar las granjas
y a invadir nuestros campos. Árboles y plantas obtenidos
por manipulación genética adornarán el paisaje
del mañana, y el hombre comenzará a explorar campos
del conocimiento hasta ahora poblados de misterio.
«El conocimiento científico en la medicina y, en
particular, en la genética humana permitirá, en
un futuro muy lejano, la realización de programas permanentes
de prevención de enfermedades genéticas y de aplicaciones
terapéuticas por manipulación de genes o de selección
cromosómica. Mientras tanto, las medidas preventivas que
las aplicaciones tecnológicas permitan, deben aplicarse
dentro de un marco rígido de respeto a los derechos inalienables
del paciente y su familia».
Por otro lado, Ignacio Madrazo señala que «la experiencia
de toda la vida en medicina ha demostrado que los avances científicos
anteceden a la legislación, ya que es el descubrimiento
de un nuevo procedimiento, su consolidación y su empleo
rutinario lo que genera la necesidad de su regulación.
Tuvo que haber trasplantes cardíacos antes que tuviera
que legislarlos; y tuvo que haber esa necesidad antes de que fuera
necesario abordar jurídicamente la muerte cerebral.
También hubo que demostrar la utilidad de los trasplantes
de tejido embrionario para investigación antes de legislar
en la disposición de este tejido en terapia e investigación.
«Sin embargo, el propio progreso de la ciencia nos obliga
a entrar paulatinamente a terrenos donde difícilmente podremos
tener acceso sin el apoyo de una legislación previa. Ejemplo
de esto podría ser el uso de la ingeniería genética
para modificar el genoma de un individuo y sus características
físicas, el empleo de trasplantes neurales o de técnicas
neurobiológicas que transfieran a otro la personalidad
de un individuo, o que simplemente modifiquen su personalidad
o sus características intelectuales».
Ética y valores humanos-interés personal
Por último, el tercer aspecto requiere de una mayor atención.
Como diversos grupos científicos ya lo han señalado,
debemos reconocer que los médicos no tenemos ni la misma
información científica ni la misma formación
moral. Cada uno se desarrolla en ambientes familiares que variaron
desde un medio donde reina la cordialidad, el respeto y la responsabilidad,
hasta el otro límite, en donde predominaron la violencia,
la pobreza espiritual, la educación precaria, la injusticia
y la inmadurez.
Se observan, por lo tanto, disparidad y multiplicidad de personalidades:
unas con excelencias y otras con ignorancias científicas
y diferencias en moralidad expresadas a sus colegas, pacientes
y sociedad en general.
La ética en la investigación se relaciona con el
respeto a la dignidad humana, por lo tanto, debe conducirse por
el ejemplo ético de cada uno de los investigadores y sustentarse
en la protección de los derechos humanos; la investigación
compromete, ya que no asumir la responsabilidad de atacar problemas
morales y éticos, es incurrir en el descrédito,
uno de los problemas humanos más difíciles de nuestros
tiempos.
Como ya mencioné, es importante revisar la natural tensión
entre los valores de la ciencia y los de la medicina, junto con
los derivados del interés personal del investigador.
El médico clínico, como otros seres humanos, desea
mediante su interés científico, avanzar en su carrera,
lograr mayor experiencia y obtener el reconocimiento público;
sin embargo, estos propósitos, a todas luces legítimos,
pueden verse desbordados, ya sea que se afecte a grupos vulnerables
como a personas con discapacidad, el embrión o feto, a
pacientes infectados con SIDA o bien, a personas sin escolaridad
o familiares desesperados por la enfermedad.
La arrogancia científica no es un problema raro en hospitales
de alta especialidad: atribuirse o apropiarse un privilegio en
función de la autonomía de la ciencia es una de
las faltas de ética más reprobables.
En otras ocasiones, el investigador clínico honorable puede
caer insensiblemente en faltas como en el monopolio de los fondos
para investigar, en función de su prestigio académico
o nivel intelectual y dejar así, sin fondos de financiamiento
a investigadores jóvenes que los requieren. La experiencia
nos ha mostrado, lamentablemente, que no es necesaria una correlación
entre ese prestigio y talento con una conducta moral.
Es entendible, por otro lado, que las compañías
farmacéuticas promuevan la evaluación de sus productos
en seres humanos que acuden a las instituciones de salud; no solamente
es entendible, es legítimo, siempre y cuando los incentivos
financieros con que promueven sus productos, se encuentren regulados
institucionalmente, vigilados y corregidos. Por otra parte no
es extraña la instalación del investigador en lugares
de lujo, asesorías pagadas, pasajes y otros privilegios
en contraste con la pobreza del estudio realizado lo que, por
supuesto, no es ético.
Es un hecho que existen conflictos de interés que comprometen
el buen sentido de la investigación y que pretenden transformar
el valor central de la medicina mediante el control financiero
de la investigación y la ruptura de la probidad científica
del investigador.
Una institución que evalúa permanentemente a sus
especialistas, es mejor y se diferencia de otras; por ejemplo,
cuando un joven médico con un proyecto de investigación
tiene la oportunidad de discutir los aspectos científicos
y éticos de ésta con alguien que tenga antecedentes
sólidos en la investigación.
Recordemos, la innovación en la investigación no
nace en el vacío: emerge del talento del joven clínico
o del investigador de ciencias básicas que ha realizado
cientos o miles de pequeños estudios, y esto, en última
instancia, es lo que le da trascendencia a las instituciones y
coherencia con la ética de la investigación en seres
humanos.
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